La Misión Javier de Semana Santa en la vereda Curí, municipio de Choachí, fue una experiencia humana, afectiva y profundamente espiritual. No fuimos simplemente a realizar unas actividades pastorales, sino a dejarnos conducir por Dios hacia el corazón de su pueblo. Allí, entre caminos rurales, casas abiertas, rostros sencillos y conversaciones gratuitas, la vida de la comunidad nos permitió reconocer una fe viva, capaz de interpelarnos, conmovernos y ensancharnos el deseo de servir con mayor generosidad.
Esta misión, realizada con los aspirantes a la Compañía de Jesús, tuvo un valor muy especial. Para quienes están en camino de discernimiento vocacional, encontrarse con la realidad concreta de las personas no es algo secundario, sino una mediación fundamental para escuchar la voz de Dios. La vocación no se comprende lejos del pueblo, ni encerrada en ideas abstractas, sino en contacto con la vida real: con sus alegrías, cansancios, búsquedas, heridas y esperanzas. En Curí, la realidad misma de las personas nos invitó a mirar con más atención, a escuchar con más hondura, a acompañar con respeto y a dejarnos afectar por lo que Dios va suscitando en medio de su gente. La Semana Santa vivida en esta vereda nos permitió entrar, de manera sencilla y honda, en el misterio pascual. Celebrar la pasión, muerte y resurrección de Jesús junto a la comunidad campesina fue reconocer que Cristo sigue caminando con su pueblo: carga sus cruces, sostiene sus esperanzas y abre caminos de vida nueva. Cada encuentro, cada visita, cada oración compartida y cada gesto de acogida fueron expresión de una presencia de Dios que no se impone, sino que acompaña, consuela, fortalece y llama.
La comunidad de Curí nos recordó la belleza de aquello que el Concilio Vaticano II nos invita a reconocer como el santo Pueblo de Dios; un pueblo creyente, sencillo y fiel, que custodia la fe en medio de la vida cotidiana. En sus rostros encontramos una fe encarnada; en sus palabras, una sabiduría nacida de la experiencia; en su hospitalidad, una manera concreta de hacer presente el Evangelio de acogida. Por eso, la misión no consistió solo en llevar una palabra, sino también en recibir una palabra de Dios pronunciada en la vida de la gente. Creo que, para los aspirantes, esta experiencia fue una verdadera escuela de sensibilidad apostólica, pues Curí nos ayudó a comprender que seguir a Jesús al modo de la Compañía implica dejarse tocar por la realidad, caminar con otros, servir desde abajo y reconocer que Dios actúa en la vida concreta de su pueblo. Allí se hizo más claro que la vocación se confirma cuando la vida de los demás empieza a importarnos de verdad, cuando el corazón se vuelve más disponible y cuando sentimos que el Señor nos llama a entregar la propia vida con más libertad y generosidad.
Al terminar la misión, quedó una gratitud profunda por la comunidad que nos acogió, por la fe compartida, por los silencios habitados, por las celebraciones vividas y por la certeza de que Dios sigue llamando en medio de su pueblo. La Misión Javier en Curí fue, ante todo, una experiencia de Dios que nos saca de nosotros mismos y nos pone en camino hacia los demás. Nos recordó que toda vocación auténtica nace del encuentro con Cristo vivo en la realidad concreta de las personas. Como diácono, vivir mi primera Semana Santa en la vereda Curí tuvo para mí un significado muy especial porque volver al campo fue, de algún modo, volver a una raíz honda de mi propia vida: a la tierra, a los caminos sencillos, al trabajo humilde, a la fe que se expresa sin grandes discursos y a la sabiduría de quienes saben esperar, sembrar y confiar. El campo me conecta con lo más profundo de mi historia, con mi vocación y con el modo como Dios me ha ido conduciendo. Celebrar y servir en medio del santo Pueblo de Dios, acompañando también a los jóvenes en su búsqueda vocacional, me permitió experimentar que la misión no solo se realiza hacia afuera, sino también hacia dentro: toca la memoria, ordena los afectos, renueva el corazón y confirma el deseo de seguir entregándome al servicio del pueblo de Dios.