Un sí que se convierte en servicio
Un sí que se convierte en servicio
Julián Andrés Bustos Jaimes, SJ, y Romel Yamid Pastrana Betancourt, SJ, fueron ordenados presbíteros el pasado 31 de julio, en la solemnidad de san Ignacio de Loyola. Una celebración que reunió a familiares, amigos, compañeros de camino y miembros de la comunidad jesuita para acompañar el sí de dos hombres que han puesto su vida al servicio de Cristo, de la Iglesia y de la misión.
La solemnidad de san Ignacio de Loyola tuvo este año un significado especial para la Compañía de Jesús en Colombia. En la Parroquia San Francisco Javier se celebró la ordenación sacerdotal de estos dos queridos compañeros, quienes, después de años de formación y discernimiento, dieron un nuevo paso en su camino vocacional.
La celebración fue presidida por Mons. José Figueroa Gómez, obispo emérito de Granada, Meta, quien, mediante la imposición de manos y la oración consecratoria, los incorporó al ministerio presbiteral.Más que la culminación de un camino, la ordenación representa un nuevo comienzo: la llamada recibida se transforma ahora en servicio, acompañamiento y entrega cotidiana a las comunidades que les sean confiadas.
El P. Julián Andrés Bustos Jaimes, SJ, nació el 7 de junio de 1990 en Pamplona, Norte de Santander. Ingresó a la Compañía de Jesús el 25 de enero de 2014 y pronunció sus primeros votos el 10 de enero de 2016. Fue ordenado diácono el 22 de noviembre de 2025 y, después de su proceso de formación, recibió el ministerio sacerdotal para servir a Cristo, a su Iglesia y a la misión de la Compañía de Jesús.
Por su parte, el P. Romel Yamid Pastrana Betancourt, SJ, nació el 8 de junio de 1991 en Paz de Ariporo, Casanare. Ingresó a la Compañía de Jesús el 24 de enero de 2015 y pronunció sus primeros votos el 5 de enero de 2017. El 29 de noviembre de 2025 fue ordenado diácono y, tras once años y medio de formación, llegó al presbiterado con el deseo de continuar poniendo su vida al servicio de Cristo, de la Iglesia y de la misión de la Compañía.
En ambos recorridos aparece una palabra que atraviesa toda vocación: discernimiento. Una historia hecha de búsquedas, decisiones, aprendizajes, encuentros y acompañamientos que permitió reconocer, poco a poco, hacia dónde Dios iba conduciendo sus vidas.
Durante el rito de conclusión de la celebración, la comunidad pidió para los nuevos presbíteros que Dios los protegiera y fortaleciera para cumplir fielmente el ministerio recibido; que fueran servidores y testigos de la verdad y del amor divino, ministros de la reconciliación y verdaderos pastores capaces de alimentar a las comunidades con la Palabra y el Pan vivo.
Estas palabras expresan profundamente el sentido de la vocación sacerdotal: no se trata de ocupar un lugar, sino de ponerse al servicio de otros. El sacerdote está llamado a acompañar, escuchar, celebrar, anunciar, reconciliar y caminar junto a las personas en sus búsquedas y esperanzas.Para la espiritualidad ignaciana, este camino se comprende desde el deseo de “en todo amar y servir”. La vocación se vuelve entonces una respuesta concreta a Dios que llama en medio de la historia y que invita a entregar la propia vida para colaborar con su misión.
La ordenación de Julián y Romel también es una invitación para quienes se encuentran preguntándose por su propia vocación. Cada historia vocacional tiene sus propios tiempos y caminos, pero todas comienzan con una pregunta que merece ser escuchada: ¿Señor, qué quieres de mí?.El sí de estos dos nuevos sacerdotes nos recuerda que discernir la vocación no significa tener todas las respuestas desde el comienzo. Significa aprender a reconocer las huellas de Dios, dejarse acompañar y tener la valentía de responder cuando el camino se va haciendo claro.Hoy, la Iglesia y la Compañía de Jesús reciben con alegría a estos dos nuevos presbíteros.
Que el Señor haga de Julián y Romel hombres disponibles para servir, pastores cercanos a su pueblo y testigos de esperanza y reconciliación allí donde sean enviados.Y que su historia pueda despertar en muchos jóvenes la pregunta por la propia vida, por los sueños que Dios siembra en el corazón y por la manera particular en que cada uno puede poner sus dones al servicio de los demás y de la construcción del Reino de Dios.
¡Gracias, Julián y Romel, por su sí! Que san Ignacio de Loyola y san Francisco Javier acompañen siempre su camino.