Misión en Macarena
Por Juan Restrepo
Inquieto Vocacional
Nuestro viaje a La Macarena comenzó la noche del 2 de agosto. Llegamos en las primeras horas de la mañana del día 3 y, apenas salimos del aeropuerto, tuve mi primera impresión del pueblo: era un lugar muy agradable y bonito, aunque con una humedad enorme. Recuerdo haber pensado que hacía más calor que en Cartagena de Indias. Algo que me llamó especialmente la atención fue que, a lo lejos, desde el aeropuerto, se podía ver la torre de la parroquia de Nuestra Señora de la Macarena. Esa torre terminó siendo nuestro punto de referencia durante todo el mes. Ese primer día nos dedicamos principalmente a instalarnos, descansar y conocer a los jesuitas que viven allí. En la tarde acompañamos al padre Jorge Iván, SJ, superior de la comunidad, a la Eucaristía que se celebra todos los lunes en el cementerio.
Fuimos caminando y así pude comenzar a conocer el pueblo. Después llevamos la comunión a algunos enfermos. Ese mismo día conocí a tres personas que terminarían siendo muy especiales durante toda la misión: doña Olguita, Idalí y su mamá, Rosmira. Desde el principio fueron supremamente amables y, a través de ellas, pude experimentar la cercanía y generosidad de la comunidad macarenense. La primera semana fue principalmente de empalme y de conocer la obra. En la parroquia me encargaba de tocar las campanas antes de las Eucaristías y de organizar todo lo necesario para las celebraciones. También tuvimos bastante trabajo de campo con Carlos Franco, SJ, el ministro de la casa. Desarmamos y armamos una cerca, deshierbamos, cortamos y sembramos matas de plátano, recogimos basura y sembramos piña y otras plantas. Para mí, que soy bastante citadino, fue todo un aprendizaje. Nunca había cortado una mata de plátano, pero los jesuitas tuvieron mucha paciencia para enseñarnos hasta las cosas más sencillas. Uno de los trabajos más grandes de la misión fue la elaboración de las guías para la catequesis oficial de la parroquia.
Organizamos el contenido del segundo semestre, dejando una base para que los catequistas pudieran continuar el trabajo y terminar posteriormente el libro oficial de catequesis. Fue un trabajo extenso, pero me gustó saber que aquello que estábamos haciendo podía continuar incluso después de nuestra partida. También hubo personas que hicieron que la misión se sintiera como estar en casa. Luisa, la secretaria de la parroquia, siempre encontraba la manera de sacarme una sonrisa, especialmente en los momentos en que podía sentirme cansado o aburrido. Flor y su familia también fueron muy importantes. Siempre nos abrieron las puertas de su casa y pude compartir con ellos grupos de oración, rezar el rosario y conversar sobre el Evangelio. Fueron momentos sencillos, pero que recuerdo con mucho cariño. Mis sábados tenían un espacio especial: “Cocina y Espiritualidad”. Allí cocinábamos, comíamos, orábamos y, obviamente, tampoco podía faltar la echada de chisme. Lo que preparábamos se vendía en la Misa del domingo para recoger fondos para la parroquia.
Como me gusta mucho cocinar, disfrutaba especialmente esos espacios porque permitían compartir con personas diferentes de la comunidad y sentirnos parte de ella. Uno de mis días favoritos fue cuando fui a trabajar en la huerta de una escuela rural. Salí muy temprano y tomé la ruta escolar que llevaba a los niños desde el pueblo hasta la vereda. Allí fueron precisamente los niños quienes me enseñaron a trabajar en la huerta. También me mostraron la escuela y me contaron sobre los animales y las abejas de la zona. Ese día aprendí muchísimo y confirmé que en la misión uno no solamente va a enseñar, sino también a dejarse enseñar por las personas y las comunidades. Vivir durante un mes con los jesuitas fue otra experiencia muy significativa. Pude conocer más de cerca la realidad a la que, si Dios quiere, algún día aspiro a pertenecer como jesuita formado. Me impresionó su paciencia, su manera de acompañarnos y el amor con el que nos enseñaban. También pude comprender mejor lo que significa ser párroco dentro de la Compañía de Jesús en un lugar tan extenso como La Macarena, donde no solamente se responde por el pueblo, sino también por las comunidades de casi trescientas veredas. Y, por supuesto, no puedo hablar de La Macarena sin mencionar las deliciosas “yucarenas” de Idalí y Rosmira, ni el vino de flor de Jamaica que prepara el padre Jorge Iván. Son detalles que hicieron todavía más especiales nuestros días.
Antes de regresar, la comunidad organizó todo para que pudiéramos conocer Caño Piedra. Ellos mismos consiguieron el transporte y el almuerzo, simplemente porque querían que nos fuéramos de La Macarena habiendo conocido un poco más de su tierra. Ese gesto resume mucho de lo que viví durante el mes: una comunidad que siempre estuvo dispuesta a recibirnos, acompañarnos y compartir con nosotros. Regresé feliz, agradecido y con muchas ganas de volver. Me da tristeza que el tiempo haya pasado tan rápido y, al mismo tiempo, me queda la sensación de que pude haber disfrutado más y haberle puesto todavía más corazón a la misión. Sin embargo, vuelvo con la certeza de que La Macarena no fue simplemente un lugar donde pasé un mes. Fue una comunidad que me recibió, personas que dejaron huella en mí y una experiencia que me permitió conocer más de cerca la misión de la Compañía de Jesús y preguntarme, una vez más, hacia dónde quiere Dios llevarme.