La Macarena  Tierra de Esperanza 


Por Juan Cortés

Inquieto Vocacional 


Hace exactamente ocho días me encontraba en La Macarena, Meta, viviendo una experiencia de misión como parte de mi proceso de discernimiento vocacional con la Compañía de Jesús. Llegué con el deseo profundo de servir, de compartir la vida y la fe de la comunidad. Sin embargo, hasta ese momento, no alcanzaba a dimensionar lo que estaba a punto de encontrar. A orillas del río Guayabero, que atraviesa y da vida a este territorio, comencé a descubrir que La Macarena tenía mucho más para ofrecer que sus paisajes y su reconocido atractivo turístico. Poco a poco, la amabilidad de su gente, la generosidad de su fe y la fuerza de una esperanza que, como el Guayabero, sigue su curso aun en medio de las dificultades, me fueron enseñando a descubrir a Dios en todas las cosas.

La estancia en La Macarena se prolongó durante casi un mes. Durante este tiempo, tuve como lugar de acogida la casa que la Compañía de Jesús administra junto a la parroquia Nuestra Señora de La Macarena. Este espacio se convirtió no sólo en un hogar durante la misión, sino también en un lugar privilegiado para el encuentro y el compartir. Allí tuve la oportunidad de convivir con la comunidad de jesuitas que acompaña la obra pastoral, acercarme a las Comunidades Eclesiales Misioneras, acompañar a niños y jóvenes y compartir con habitantes de algunas de las más de 200 veredas que conforman el extenso territorio del municipio.

La cotidianidad de los días fue tomando el rumbo de una entrega cada vez más generosa y desafiante. Entre las lluvias intensas, el calor persistente y la exuberante belleza de la naturaleza, la vida cotidiana me fue revelando, poco a poco, un rostro hecho de personas trabajadoras, de hombres y mujeres con grandes sueños, de historias marcadas por heridas que aún buscan sanar y, al mismo tiempo, de una profunda resiliencia que les permite levantarse, seguir caminando y apostar nuevamente por la vida.

Cada encuentro fue un inmenso regalo de la vida, de esos que se quedan grabados en el alma y que, silenciosamente, hacen crecer desde dentro el llamado que Dios suscita para la construcción de su Reino. El contacto cercano con las comunidades me permitió descubrir la presencia de un Dios sencillo y profundamente humano; un Dios sin adornos ni formalismos, que comparte la vida con naturalidad y sin reservas. Un Dios que se hace presente en lo cotidiano, que habla al corazón y que, muchas veces, se encuentra allí donde menos se espera.

También disfruté profundamente el contacto con el campo y la naturaleza. No fue solamente una experiencia de contemplación ante la belleza de la creación, sino una verdadera gracia que me permitió ahondar en mi discernimiento vocacional y escuchar con mayor atención aquello que Dios iba suscitando en mi interior. Ese ejercicio cotidiano de detenerme, contemplar y dejarme tocar por la realidad de La Macarena fue fundamental para mantener viva la esperanza en aquellos días en que arreciaba el cansancio o aparecía la desolación.

Esta misión fue tomando rostro y nombre en cada encuentro: Mercedes, Floridary y Adriano; Miguel, “Gota”; Idaly y su mamá, Rosmira; Jorge Iván, Olga, Fanery, Luisa, Diego, Alba y Pedro; Lorena, Héctor, Rosa María, Juan Manuel, Estefanía, Didier, Antonio, Isabella, Patricia, Carlos Franco, Ofelia, Nora, Johans, Aracely, Ángela, Victorino, Blanca, Edna, el profe Sebastián, Carmen, Eliseo, Marisol, Basanta, Milena… y tantas otras personas de corazón generoso y espíritu acogedor que hicieron de esta misión una experiencia inolvidable. A todos ellos, mil gracias por el cariño, la confianza y la generosidad con que me acogieron.


Por eso, solo me queda agradecer profundamente a la comunidad de La Macarena y a la Compañía de Jesús por el regalo de esta experiencia de misión. Ha sido un tiempo profundamente significativo y gratificante, que no solo me permitió acercarme a la realidad de esta tierra y compartir la vida con su gente, sino que también aportó de manera especial a mi proceso de discernimiento vocacional.