Mochilazo Jesuita 2026
Mochilazo Jesuita 2026
Un camino para escuchar la vida
El Mochilazo Jesuita es una experiencia anual de peregrinación y reflexión espiritual ignaciana que reúne a jóvenes con inquietudes vocacionales, candidatos a la Compañía de Jesús, escolares, hermanos y sacerdotes jesuitas. Animado por Misión Vocacional, cada año el Mochilazo nos invita a hacer algo tan sencillo y, al mismo tiempo, tan profundo como ponerse en camino: dejar por unos días las rutinas, cargar únicamente lo necesario y permitir que el paisaje, el silencio, el cansancio, la oración y los compañeros de ruta nos ayuden a escuchar lo que Dios va diciendo a nuestra vida.
En 2026 emprendimos nuevamente esta experiencia recorriendo 32,4 kilómetros por Boyacá. Nuestros pasos nos llevaron por Santa Rosa de Viterbo, Tobasía, Floresta y Corrales, hasta llegar a Tópaga. Pero antes de comenzar a caminar, el encuentro inició en Casa Manresa, en Bogotá. Allí fueron llegando los participantes con sus mochilas, expectativas y, seguramente, muchas preguntas. El recibimiento fraterno, las primeras conversaciones y las indicaciones generales nos ayudaron a reconocernos como compañeros de camino y a disponernos para lo que viviríamos durante los siguientes días.
Desde Bogotá partimos hacia Santa Rosa de Viterbo, un lugar especialmente significativo para la historia de la Compañía de Jesús en Colombia. Nuestra primera parada fue la actual Escuela de Policía Rafael Reyes, donde funcionó el Noviciado de la Compañía hasta 1972. Recorrer sus espacios fue también encontrarnos con la memoria de quienes, muchos años antes que nosotros, comenzaron allí su propio camino en la vida religiosa. En este lugar celebramos la Eucaristía y pusimos delante de Dios los nombres, historias, búsquedas e inquietudes que cada uno llevaba consigo.
Esta memoria nos permitió comprender mejor por qué peregrinábamos por estas tierras. Durante años, los novicios jesuitas vivieron la experiencia del “mes de peregrinación sin dinero”, caminando y confiando su sustento a la generosidad de las personas y a la providencia de Dios. La violencia que atravesó Colombia hizo que esta práctica se interrumpiera; sin embargo, desde 2016, Misión Vocacional ha querido recuperar el espíritu de aquellas peregrinaciones, volviendo a estos caminos para descubrir qué puede decirnos hoy el Señor mientras avanzamos por ellos.
Siendo concientes de esta historia, comenzó realmente el Mochilazo. No se trataba únicamente de llegar de un municipio a otro. Cada camino exterior proponía también un camino interior. El cuadernillo que llevábamos en la mochila fue nuestro compañero de oración: textos del evenagelio, preguntas, peticiones y momentos de silencio nos ayudaban a detenernos interiormente aun cuando nuestros pies continuaban avanzando.
El primer trayecto, de Santa Rosa de Viterbo hacia Floresta, pasando por Tobasía, comenzó con una invitación sencilla: “Sal de tu tierra”. Como Abraham, también nosotros estábamos llamados a salir, no solamente de un lugar geográfico, sino de nuestras seguridades y certezas. Mientras caminábamos aparecieron preguntas que nos acompañaron durante kilómetros: ¿cómo llego a esta experiencia?, ¿qué está pasando hoy en mi vida?, ¿qué me hizo salir de mi ciudad para venir hasta aquí?, ¿qué espero encontrar en esta peregrinación?
Revive la experiencia del Mochilazo Jesuita 2026 visualizando los carruseles
En Tobasía hicimos un alto alrededor de Nuestra Señora del Amparo, una devoción estrechamente vinculada con la historia de la Compañía de Jesús en estas tierras. Ante la Virgen pusimos nuestras familias, las personas que queremos y, especialmente, nuestra vocación. Fue una manera de reconocer que nadie discierne su vida completamente solo: caminamos acompañados por otros y sostenidos por una historia que comenzó mucho antes que nosotros.
Al día siguiente retomamos nuestras mochilas para recorrer el camino entre Floresta y Corrales. Esta vez nos acompañó el relato de los discípulos de Emaús y aquella petición que nace cuando comienzan a reconocer a Jesús: “Quédate con nosotros”. El camino nos invitó entonces a mirar nuestra propia historia: las seguridades sobre las que hemos construido la vida, los sueños que alguna vez parecieron derrumbarse, las búsquedas que permanecen abiertas y aquellos momentos en los que hemos sentido que Jesús se acercó y caminó a nuestro lado, incluso cuando no supimos reconocerlo inmediatamente.
Entre conversaciones, momentos de silencio, oración, cansancio y compañía fuimos descubriendo que también allí había algo de Dios. Porque el Mochilazo no busca separar la oración de la vida: se ora mientras se camina y se discierne con aquello que el camino va provocando por dentro.El último trayecto nos llevó de Corrales a Tópaga. Después de varios kilómetros, el cuerpo ya hablaba de cansancio, pero las preguntas también se habían vuelto más profundas. La oración de aquella jornada estuvo inspirada en Jesús como “Camino, Verdad y Vida”. Entonces apareció de manera más explícita la pregunta vocacional: ¿qué caminos tengo hoy delante?, ¿dónde encuentro una vida que me conduce a mayor plenitud?, ¿podría ser la vocación jesuita uno de esos caminos?
No buscábamos terminar el Mochilazo con todas las respuestas resueltas. El discernimiento ignaciano nos enseña precisamente a escuchar los movimientos que van apareciendo y a darles tiempo. Por eso, al finalizar cada jornada hacíamos también nuestra Pausa Ignaciana: agradecer lo recibido, pedir a Dios mirar el día desde su amor, volver sobre lo vivido y sentido, reconocer aquello que necesitaba reconciliación y preguntarnos hacia dónde seguir caminando.
Así llegamos a Tópaga. Habíamos recorrido 32,4 kilómetros, pero resultaba difícil medir todo lo que también habíamos caminado interiormente. Quedaban el cansancio en los pies, las conversaciones compartidas, los paisajes de Boyacá, los silencios, las risas, las preguntas y aquellas mociones que cada uno tendría que seguir discerniendo al regresar a casa.
El Mochilazo terminó, pero no necesariamente el camino. Porque peregrinar nos recordó que la vocación no siempre aparece como una respuesta inmediata; muchas veces comienza con la valentía de salir, ponerse en camino y aprender a escuchar. Y quizá por eso, después de tantos kilómetros, la oración de san Ignacio cobraba un significado nuevo: ofrecer a Dios la propia libertad, la memoria, el entendimiento y la voluntad, confiando en que su amor y su gracia bastan para seguir caminando.